De noche teníamos luna llena. ¡Qué cosa más extraordinaria! La luna, redonda, con su luz de plata, iluminaba una gran faja del mar, que parecía un ancho camino blanco, en el cual se agitaran ondinas y tritones.
Algunas veces las nubes avanzaban por el cielo, y la luna, oculta, filtraba los rayos por algún agujero de los nubarrones y dejaba un vago cabrilleo misterioso sobre las olas a larga distancia.
A medida que la luna fué menguando el blanco camino de plata por donde se paseaban, sin duda alguna, las sirenas y los tritones fué estrechándose hasta desaparecer por completo.
He pasado los días mirando el Mediterráneo, intentando ver si se me ocurre algo nuevo en la contemplación de un mar tan bello. Sólo cuando se van articulando los lugares comunes en la cabeza es cuando se empieza a discurrir, vulgarmente, cierto, pero únicamente entonces.
Antes de esa articulación de lugares comunes por el solo ímpetu del espíritu no hay ideas. ¡Es lástima! He escrito unas cuantas frases en mi cuaderno, pero no tienen ninguna originalidad.
Cuando se entra en el Mediterráneo, desde el Océano, parece que se pasa de un mundo a otro, de un mundo de actividad y movimiento a un mundo más suntuoso, más inmóvil y más muerto.
En el Mediterráneo hay la belleza de la proporción y de la línea; en el Océano el vago encanto de lo ilimitado; el Mediterráneo tiene islas de mármol; el Océano, islas de esmeralda; en el Mediterráneo, sobre la onda azul, se destacan las costas blancas y amarillas, los montes plutónicos, la lava, los olivos, los cipreses y los naranjos; en el Océano, sobre la linfa verde, apenas se marcan las pálidas dunas, las abras y los acantilados sin color y sin dibujo. En el Mediterráneo las cosas brotan duras, cuajadas, sobre el agua espeja y salina, bajo la atmósfera limpia y transparente; en el Océano, los paisajes están hechos de niebla, de humedad, de formas confusas y vagas.
En el Mediterráneo todo parece tradición e historia; en el Atlántico, todo parece improvisación y novedad; en el uno todo está constituído, en el otro todo por constituír. Esas puntas amarillas que avanzan en el mar bajo la extensión azul del mar latino parecen huesos, fuertes destruídos, puentes rotos, conventos, ciudades en anfiteatro suntuosas, fastuosas, siempre algo del pasado.