En el Mediterráneo no hay marea, y el agua alcanza siempre en la costa casi el mismo nivel; en el Océano las mareas son grandes.
El Mediterráneo no respira apenas, y su ola no tiene pulsación; el Atlántico respira con una fuerza salvaje, se hincha y se deshincha, mostrando en el reflujo sus fondos de roca y en los ríos el légamo negruzco, sobre el que se tienden las barcas de los pescadores.
El Mediterráneo es paz y armonía; el Atlántico lucha y contradicción.
El Atlántico tiene una mitología hórrida, resto de la época en que el mar era un gran peligro: el pulpo del Maelstrom, las arañas de los Kraken, la isla del Fuego con sus piratas; el Mediterráneo tiene una mitología más clara y más solemne, sirenas, ninfas, delfines, y otros seres fantásticos dirigidos por el tridente de Poseidon.
El Mediterráneo es Oriente, Eneas y Palinuro, la leyenda del vellocino y el gorro colorado; el Atlántico es el caos, los vascos pescadores de ballenas, los wikings, los normandos conquistadores, y, al mismo tiempo, la Atlántida y el Jardín de las Hespérides; el Atlántico es la alta piratería, los grandes naufragios, el bergantín negrero, el marino con un anillo en la oreja y una cacatúa en el hombro.
El Mediterráneo es un mar clásico y, al mismo tiempo, realista; el Atlántico es un mar romántico y turbulento.
El Mediterráneo es más constante, más parecido a sí mismo; el Atlántico es la eterna variación, el eterno cambio. El Mediterráneo es, y sobre todo ha sido estética, y socialmente ha llegado a su devenir; el Atlántico está siendo, está todavía en su iniciación.
El hombre del Mediterráneo es la expresión correcta, las fórmulas hechas; el hombre del Atlántico es el ímpetu, aun sin moldearse.
El Mediterráneo sugiere la idea de la tarde y la del crepúsculo; el Atlántico, la de la mañana.
Si cada mar tuviese que tener sus reyes, el Mediterráneo tendría que dividirse en dos reinos: el Mediterráneo oriental para Homero, el Mediterráneo occidental para Virgilio; hacia Troya, Ulises; hacia Cartago, Eneas.