En el Atlántico los poetas genuinos son los bardos, el sentimiento antes de la ciencia y del arte.

A Shakespeare y a Byron les correspondería el estrecho de Gibraltar; allí donde se mezcla el brío del Océano con la armonía clásica del Mediterráneo.


Estuvimos en Nápoles un día, que aprovechamos el coronel Mac Clair y yo en recorrer la ciudad en un calessíno desvencijado. El cochero nos dijo si queríamos conocer unas muchachas. Mac Clair contestó sacando la Biblia y poniéndose a leer. Luego aseguró que Nápoles es una ciudad aburrida y monótona.

—Hombre, no—le dije yo.

—¿Cómo quiere usted comparar esto con Edimburgo?

Mac Clair no es mas que un occidental, y para comprender los pueblos hay que ser occidental unas veces, y oriental otras, y tener el alma con muelles como los coches de doble suspensión.

En lo único que quedamos conformes Mac Clair y yo fué en que esa frase de Vedi Napoli e poi mori no era nuestro ideal. No sentimos ni él ni yo el menor deseo de morirnos después de ver Nápoles.


Salimos de Nápoles con buen tiempo, pasamos al amanecer por el estrecho de Mesina, y vimos la ciudad respaldada en una alta sierra.