Todo el mar estaba lleno de velas latinas de las barcas de los pescadores.
Cruzado el Estrecho seguimos adelante, y la niebla se nos echó encima entre los escollos de Scila y Caribdis.
Mac Clair tampoco creía gran cosa en Scila y en Caribdis.
Nuestra barca llevaba cartas para lord Byron, y pensando que el poeta se encontraba en Argostoli, nos fuimos acercando a la isla de Cefalonia.
Entramos en el puerto de Argostoli y nos dijeron que hacía ya tres días que el lord había salido para Missolonghi.
Me hubiera gustado echar una ojeada a la isla, pero no había tiempo. Me contenté con mirar con el anteojo de Mac Clair una montaña, en parte cubierta de pinos, y en parte de maleza, y las casas bajas de Argostoli como dados blancos con pequeñas ventanas. La tierra, por los alrededores, era blanca, resquebrajada, con aspecto de lava, con algunos matorrales obscuros por donde triscaban rebaños de cabras.
Por todas partes la costa era de piedras secas que parecían ruinas.
Nos hicimos a la mar, y de noche, con gran cuidado, nos fuimos acercando al golfo de Patras. El cielo estaba muy estrellado. Los marineros iban cantando canciones patrióticas. Nos cruzamos con una fragata turca, apagamos el farol y arriamos las velas; todo el mundo calló y la fragata pasó sin vernos. Al amanecer cruzamos con algunos místicos griegos, que al ver nuestra bandera inglesa aplaudieron con gran entusiasmo y algazara.
Por la mañana estábamos delante de Missolonghi. El mar tenía un brillo de cristal, y algunas nubes rojizas, que al principio tomé por montes, se dibujaban en el cielo.