Esperamos Mac Clair y yo con ansia a que comenzara el día.

Eran los comienzos del mes de enero; el sol tardó en salir.

Apareció entre brumas, como un disco rojo, por encima de las altas rocas de un monte pedregoso y estéril, el monte Aracinto, y fué iluminado un paisaje de tierras blancas, calcáreas, sin vegetación. Al pie de la sierra, a orillas de un lago muy azul, vimos una aldea. Era Missolonghi.

Cerca de Missolonghi había varios barcos griegos, y, entre ellos, el Cefaloniota, el místico de lord Byron. El capitán nuestro fué a ver a lord Byron en el bote y volvió al poco rato con dos oficiales de marina.

No parecía si no que éramos deportados por lo mal que nos recibieron.

Al mediodía nos dieron la orden de bajar a tierra. El sol apretaba de firme. El cielo estaba azul y el mar tan azul como el cielo.

Mac Clair y yo experimentamos una gran decepción al saltar a Missolonghi. Aquello era una aldea miserable. El paisaje de los alrededores no podía ser más triste. Montes calcinados, atormentados, sin árboles, arenales, un pueblecillo polvoriento, sin jardines, sin nada verde, quemado por el sol.

Yo mismo quedé defraudado. A pesar de que me había dicho repetidas veces que no debía entusiasmarme, llevaba en la imaginación la idea de una ciudad formada por pequeños Partenones.

Era el espejismo de los nombres sonoros. Bajamos en Missolonghi y fuimos todos formados a una barraca donde había dos oficiales ingleses de la brigada del coronel Stanhope, que nos tomaron la filiación.

Luego nos hicieron una serie de recomendaciones y nos dijeron que no intentáramos tener relaciones con el elemento civil, porque estaba prohibido.