—Creo que no—contestó don Juan Martín.
—Está bien. No discutamos—siguió diciendo el general, con voz imperiosa—. Yo, como militar, no tengo más obligación que la de defender al rey nuestro señor. Cumpliendo sus órdenes, refrendadas por su firma, mañana saldré para Galicia con el general Wall, que está presente. Yo no puedo aceptar la presidencia de una Junta facciosa, ni el mando de un ejército popular, ni mucho menos el declararme en rebeldía contra la sagrada persona de Fernando VII, que Dios guarde.
—Está bien—dijo el Empecinado—; vamos, Eugenio.
Don Juan Martín se arregló la capa con un movimiento suyo de labriego, que me hacía pensar en el alcalde de Zalamea, y, sin saludar a Morillo, salimos los dos de la sala, dejando al general en su sillón, brillante de galones, como un ídolo de oro.
Bajamos las escaleras y salimos a la calle.
—Este es otro O'Donnell; otro Montijo—exclamó don Juan Martín—. Se apoyan en el pueblo mientras les conviene, entonces no piensan en la sagrada persona del monarca. ¡Canallas!
—Con estos generales la causa de la Constitución está perdida—dije yo.
—No, todavía no. Nosotros lucharemos con toda nuestra alma. No hemos de dejar que se pierda la libertad que tantos esfuerzos nos ha costado conseguir. No. ¡Por Dios, que no!
Volvimos a casa.
Al día siguiente, el general don Pablo Morillo, conde de Cartagena, salía de Valladolid, por la mañana, en dirección de Galicia. Toda la tropa que había en la ciudad se llevó consigo. Entre ellas, un batallón de nacionales de las Provincias Vascongadas, comprometido a venir con nosotros, y la escolta que el Empecinado había sacado de la Corte.