—Somos constitucionales y amamos la libertad... Hoy, Morillo, estamos amenazados de una invasión de los franceses, que quieren restablecer el rey absoluto... Nosotros, que combatimos en la guerra de la Independencia a esos mismos franceses... podemos de nuevo levantar la bandera de la libertad en esta tierra..., sublevando los pueblos y organizando batallones y escuadrones... Castilla espera todo de ti, general; también espera mucho de mí... Porque yo, aunque no poseo conocimientos, tengo un corazón que arde... y sabré dar toda mi sangre por la patria.
—Lo sé—dijo Morillo.
—Pues bien, Morillo, los patriotas de Valladolid me han comisionado... para que me vea contigo y te ruegue que te quedes entre nosotros y no vayas a Galicia... El dividir tanto las fuerzas ante el enemigo es peligroso... Los patriotas de esta ciudad han pensado formar una Junta para ponerte al frente del movimiento... declarando guerra a muerte a los franceses y a los nuevos afrancesados... Si aceptas, si encuentras bien la idea, te proclamarán general en jefe y presidente de la Junta; yo seré tu segundo y mandaré la caballería. Es la proposición que te hago en nombre de los liberales de Valladolid. Ahora... el pueblo de Castilla espera tu respuesta.
Morillo estuvo un instante con la gruesa cabeza apoyada en la mano derecha; después, levantándose e irguiéndose rígido, gritó con voz clara y metálica:
—Empecinado, si fueras otro, inmediatamente te mandaría fusilar.
—Estoy en tus manos.
—Eres y serás un hombre de corazón, valiente, esforzado, pero cándido y terco. ¿No comprendes que las circunstancias de hoy son diferentes a las de la guerra de la Independencia? ¿Qué español estaba entonces contra nosotros? Nadie. Hoy lo están todos los realistas, que son más, mucho más de la mitad de la nación. ¿Vas a declarar la guerra a muerte y sin cuartel? Locura. ¿Quién te seguirá?
—El pueblo.
—¡Qué ilusión! Tendrías que hacer la guerra a España entera. Estáis empeñados en creer que todo se puede arreglar con la Constitución de Cádiz. Tus consejeros te engañan, Empecinado.
Morillo, al decir esto, me miró a mí con aire desdeñoso.