—Bien; ¿y tú, Morillo?

—Bien.

Morillo habló a su ayudante y le ordenó que despidiera a todo el mundo y se quedara sólo él.

Los oficiales se inclinaron ante el capitán general y salieron.

Morillo, señalando una silla, dijo al Empecinado:

—Siéntate.

—No, estoy bien.

—Bueno, me sentaré yo. Habla. ¿Qué quieres?

—Morillo—dijo el Empecinado, con la nobleza natural que le caracterizaba, haciendo largas pausas en su discurso—. Somos los dos españoles, y españoles del pueblo...

—Cierto.