Morillo, acostumbrado al fausto de los virreyes de América, lo llevaba con él, allí por donde iba.

Estaba el general sentado en un trono, vestido de uniforme; llevaba bordados por todas partes y parecía un ídolo de oro. Sus ojos, negros como cuentas de azabache, brillaban en su cara de carrillos abultados; su gruesa cabeza entrecana se erguía con orgullo, y sus manos, tostadas por el sol, aparecían por entre los encajes de las mangas y se apoyaban en los brazos del sillón.

Alrededor del general, formando un semicírculo, se agrupaba su Estado Mayor, una veintena de oficiales peripuestos y elegantísimos, con los uniformes llenos de galones y los tricornios de plumas.

Al entrar nosotros en la sala hubo un gran movimiento de curiosidad.

—Este es el Empecinado—dijo alguno.

—Si es verdad, ¡qué tipo!

—¡Qué tosco!—exclamó uno de los oficiales.

—Parece un gañán—dijo otro.

Morillo, al vernos, se levantó de su sitial y estrechó la mano a don Juan.

—¿Cómo estás, Martín?—preguntó.