Nos encontrábamos dedicados a este trabajo, cuando llegó a la ciudad del Pisuerga don Pablo Morillo, conde de Cartagena, nombrado días antes, por el Gobierno, general en jefe del ejército de Galicia.
Traía Morillo unos mil hombres, con una oficialidad numerosa y un brillante Estado Mayor.
Como entonces y como ahora todo el mundo se creía en España con derecho a mandar y a tener iniciativas, la Asamblea de los Comuneros de Valladolid, Torre o Fortaleza, como se decía entre ellos en su jerga, llamó al Empecinado, que era de los suyos, y le confirió la misión de que se avistara con Morillo y le hablara para inclinarle el ánimo a que no abandonase la ciudad marchándose a Galicia.
Naturalmente, hubiera sido de mayor conveniencia para nosotros los liberales, en peligro ante la invasión francesa, reúnir las tropas en un punto que no desperdigarlas, pero no todos pensaban lo mismo. Había muchos políticos y militares que tenían interés en que la guerra se acabara cuanto antes con la derrota de las fuerzas del Gobierno Constitucional. Al Empecinado no le hizo mucha gracia el encargo de la confederación de Comuneros; pero como Gran Castellano de esta Sociedad (así se llamaban los jefes de ella), no tuvo más remedio que aceptar la comisión.
Don Juan Martín se dispuso a cumplir el encargo y a visitar al conde de Cartagena, llevándome a mí de asesor. Hablamos los dos de esta misión considerándola como de un éxito muy problemático.
Salimos del alojamiento del Empecinado una tarde, después de comer, y nos dirigimos a la Capitanía general.
Yo iba de uniforme; don Juan, de paisano, con una capa parda que le llegaba hasta los talones y un sombrero redondo envuelto en una funda de hule.
Llegamos a la Capitanía, entramos en el portal y nos detuvo el centinela. Asomóse un teniente de guardia y yo le dije:
—El general Empecinado y su ayudante, que vienen a visitar al señor conde de Cartagena.
El oficial nos hizo el saludo militar, y don Juan Martín y yo subimos hasta el primer piso. Nos anunciamos y nos hicieron pasar a un salón.