—Echad todos pie a tierra—mandó él—, atad los caballos a estos árboles y adelante. Vamos a ver qué nos espera ahí.
Nos apeamos y atamos los caballos. Cogieron los soldados sus carabinas y echamos a andar. Cruzando unas huertas entramos en una callejuela. No se veía un alma por aquellos andurriales; la lluvia caía mansamente; se oía el silbido del viento y el ladrido lejano de algún perro. Seguimos tras de la luz, que era nuestro faro, y llegamos a la casa iluminada; era ésta grande, vieja, con entramado de madera. La puerta estaba cerrada. El Empecinado tocó con suavidad el llamador y esperó.
Bajó una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abrió la puerta. El Empecinado la impuso silencio y le dijo en voz baja que le llevara al primer piso.
—¿Quiénes están?—preguntó luego.
—Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessieres y que están cenando.
—Bueno, vamos arriba.
El Empecinado cogió el candil de la mano de la vieja, que estaba temblando de miedo, y comenzó a subir la escalera alumbrándose con él. Los cuatro soldados y yo marchamos detrás. Don Juan iba embozado en su capa. Al llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada por un velón y por las llamas del hogar, vimos a treinta hombres que estaban alrededor de la mesa.
El Empecinado se desembozó mostrando su uniforme, y dijo:
—Aquí tenim al general Empecinado que ve a sopar am vosaltres. Tots soms espanyols; y vosotros—añadió en castellano dirigiéndose a los soldados y a mí—sentaos. Estamos entre amigos.
El Empecinado se sentó, llenó una escudilla de arroz y se hizo servir por la moza un vaso de vino.