Los catalanes estaban atónitos. Al cabo de algún tiempo, el Empecinado, levantando el vaso, exclamó:
—¡Catalans, per la salut de nostre rey y per la felicitat de España!
Entonces el sargento que mandaba el grupo de realistas llenó su vaso y respondió en castellano:
—Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general. ¡Viva el Empecinado!
—¡Viva!—gritaron los demás.
Nos dimos la mano todos en señal de fraternidad y se acordó que los catalanes se incorporaran a nuestra fuerza.
Su asombro fué grande cuando vieron que únicamente los seis habíamos entrado en la casa, y que en la calle no había retén ni guardia alguna.
—Es un valiente—se les oía decir a unos y a otros.
El sargento preguntó a don Juan Martín cómo sabía el catalán, y el Empecinado dijo que lo sabía desde la época de la guerra del Rosellón, en donde había sido soldado de caballería y ordenanza del general Ricardos.
Casi todos estos catalanes que capturamos en el Burgo de Osma habían sido sacados de sus casas por Jorge Bessieres en su expedición contra Madrid. Después algunos cambiaron de Cuerpo, y sólo tres o cuatro quedaron en la caballería del Empecinado, entre ellos el Chiquet, a quien yo tomé de ordenanza.