Desterrando el recuerdo de lo pasado, me dediqué a pensar en el porvenir.

Mi tío determinó hacer las compras de un cargamento, para venderlo en el mercado de Veracruz y en algunos otros pueblos de la costa mejicana. Se encargaron de la operación Zangroniz y mi primo Berroa; compraron grandes partidas de sedería francesa y varios miles de cajas de vinos de Burdeos y de Champagne. El valor del cargamento subió cerca de cien mil pesos.

Por entonces, un naviero vizcaíno, llamado Maíz, establecido en Burdeos, acababa de construír un bergantín, y se decidió hacer la expedición en él. El San Pablo era un hermoso barco. Lo mandaba el capitán Vander Weyer, marino holandés, y tenía una tripulación mixta de holandeses y franceses. Hecho el cargamento por Zangroniz y Berroa, el resto del cargamento lo realizaron Latorre, Iñigo, Ibarrondo y otros comerciantes amigos de mi tío, que tenían sus negocios en la costa mejicana. A petición de Zangroniz se me nombró a mí sobrecargo del San Pablo.

Embarcado todo el cargamento y listo el buque, fuimos una mañana todos a la catedral de Burdeos a oír la misa de partida.

Seguidamente, nos encaminamos al muelle, y, en una lancha grande, nos embarcamos el armador Maíz y los demás interesados en la expedición. En el bergantín estaba puesta la mesa sobre cubierta, porque hacía un tiempo delicioso. Ibamos de pasajeros un comerciante establecido en Santo Tomás, tres jóvenes que le acompañaban, mi primo y yo. Comimos, hubo sus discursos de rúbrica, se levaron las anclas y comenzamos a navegar por el Garona abajo, hasta Royán.

Nos despedimos de todo el mundo, pasamos la barra y nos pusimos en franquía.

Un año después, estando en Alvarado, en Méjico, con un ataque reumático en cama, leí el terrible final del Empecinado en un periódico francés. El guerrillero, al ser conducido de la prisión de Roa al cadalso, había roto las cuerdas que le ataban, y, arrancando la espada de las manos del jefe de la escolta, había intentado abrirse paso entre los esbirros. Los voluntarios realistas se habían echado sobre él y le habían cosido a bayonetazos. El corregidor, don Domingo Fuentenebro, mandó subir el cadáver al tablado y ordenó colgarlo por el cuello.

FIN DE LOS CONTRASTES DE LA VIDA

Itzea, febrero, 1920.

NOTA: