De allí a algunos días, se presentó de vuelta mi primo Berroa. Desde su llegada, observé en su semblante gran mudanza; sin duda, le habían dicho que yo era un revolucionario peligroso.
Pocos días después me dijo Zangroniz, en confianza, que Berroa hablaba de mí como de un hereje amigo de Mina y del Empecinado.
Dos meses después de mi llegada a Burdeos apareció mi tío Ibargoyen. Fuimos Zangroniz y yo a verle a Royán; venía en una fragata. Yo no le conocía a mi tío. En el tiempo en que yo estuve en Veracruz él se hallaba viajando.
Mi tío Ibargoyen era un hombre de más de sesenta años, alto, grueso, sonrosado, jovial, franco, generoso y amigo de francachelas. Toda la vida la había pasado en el comercio de la China con Nueva España, habiendo comenzado su carrera de piloto en las Naos de Acapulco.
En Méjico le llamaban el Chino. Había ganado millones y se los había gastado alegremente.
El tío Ibargoyen se hizo muy amigo mío, le conté yo las vicisitudes de mi vida y le hablé del triste final del Empecinado, metido en una jaula en Roa.
—¿Dónde está Roa?—me preguntó.
Le enseñé en el mapa de España dónde se encontraba este pueblo.
—Imposible—dijo él—; si estuviera encerrado en una prisión de un pueblo de la costa, yo era capaz de armar un barco para socorrerle; pero ahí, tan dentro de tierra, es completamente imposible.
Lo comprendí yo también así, y tuve que olvidar la suerte lamentable de mi general y mi amigo.