—Y vosotros, ¿qué habéis hecho?
—Pues nosotros, después de la capitulación de Extremadura, nos dispersamos. El Empecinado se marchó a su tierra y nosotros a Ceclavin a hacer contrabando con Portugal. Así estuvimos algún tiempo, hasta que unos cuantos ceclavineros formamos una sociedad para hacer contrabando, y nos pusimos en relación con políticos de Madrid y con comerciantes de Pamplona, Valladolid y Zaragoza. Hacemos el contrabando con Francia y con Portugal. Hemos metido ahora dos cargamentos de muchos millones por la parte de Navarra, y vamos hacia la línea del Ebro, para ponernos de acuerdo con los jefes de carabineros que pertenecen a la asociación. Bueno. ¡Adiós, don Eugenio! Hasta la vista. La maleta se la enviaré a usted en seguida, y Bienvengas me abrazó y me puso una bolsa en la mano.
—¿Qué me das aquí?
—Nada, una bicoca. Usted necesitará dinero. Ahí tiene usted veinte onzas.
—No, no las necesito. Si las necesitara, las tomaría, como si me las diera un hermano o un hijo, pero no las necesito. Muchas gracias.
El cervato me volvió a abrazar, y montó a caballo y se fué. Por la noche recogí mi maleta.
Salí de la posada de Behobia y encontré una muchacha que iba a Bayona en un caballo con cacolet, y me entendí con ella para hacer el viaje.
A pesar de que la chica era sonriente y alegre y le gustaba hablar, el recuerdo de la jaula donde estaba metido el Empecinado, expuesto a los insultos de la canalla, no se me podía borrar de la imaginación.
Hice una porción de proyectos todos inútiles y sobre el vacío. Llegué a Burdeos, y, para olvidarme de la impresión penosa de la jaula de Roa, me suscribí a un gabinete de lectura y me dediqué a leer.
Le escribí al general Mina a Inglaterra, contándole lo que pasaba con el Empecinado, pero no recibí contestación.