Me trajeron uno de los caballos, y Bienvengas y yo fuimos camino de Behobia. Pasamos el puente sin dificultad y entramos en un fonducho.
—Ahora que está usted a salvo—me dijo Bienvengas—, le voy a decir por qué le he traído aquí en seguida. Es que hay entre nosotros uno que ha vivido en Roa y es realista, y ése es muy posible que le conozca a usted.
Comimos y, durante la comida, hablamos mucho y me dió noticias de los amigos. La mayoría de los oficiales del Empecinado estaban libres. Larreategui vivía en Madrid; Casimiro de Gregory estaba en París; los hermanos del general, Juan, Antonio y Hermógenes, se habían escapado. De los vaqueros, el teniente Gotor estaba en Portugal y el sargento Juan de Dios en América.
Juan de Dios, según me dijo Bienvengas, había estado a punto de ser fusilado, pero le salvó un soldado de Merino, antiguo amigo mío y compañero de la guerra de la Independencia, Gil de Aguilera, El Chiquet se había marchado a Cataluña.
Mientras me hablaba, yo recordaba, como si los tuviera delante, a todos estos amigos; pero lo que más me obsesionaba era el pensamiento del Empecinado metido en la jaula.
Lo estaba viendo en su casa, cuando iba a buscarle para ir a cazar liebres con galgos al páramo de Corcos. ¡Era tan ingenuo, tan bondadoso!
El Empecinado tenía una casa de campo a orillas del Duero, cerca de Nava de Roa, en un sitio llamado el Salto de Caballo.
Era casi un aduar de moro pobre, con las ventanas pequeñas y sin ninguna comodidad. Tenía un viñedo hermoso, que lo trabajó, y una bodega casi a orilla del río y del camino de Peñafiel. El vino de su bodega era de excelente calidad y valía siempre hasta dos reales más en cántara que los de los pueblos inmediatos.
—¿Y de mí qué se dijo?—le pregunté a Bienvengas, para librarme del recuerdo del Empecinado en la jaula.
—Entre nosotros ha corrido la noticia de que usted había sido fusilado en las playas de Andalucía. Respecto a su casa de Aranda, ya no queda en ella nada, porque la han saqueado los realistas.