Yo palidecí, como si me hubieran pegado una puñalada.
—La madre de Martín llora delante de la jaula de su hijo, y la querida, aquella muchacha que vivía con el Empecinado, se pasea delante de la jaula del brazo de un oficial de voluntarios realistas.
—¡Qué final! Es que el Empecinado es terco. Yo le escribí dos veces desde Gibraltar, diciéndole que no se fiara de la capitulación de Extremadura, que fuera a reúnirse conmigo..., y no hizo caso.
—Quizá no recibiera la carta. Y él sin usted está perdido.
—¿Y qué harán con él?
—Matarlo; piensan darle garrote.
—¡Si se pudiera hacer algo por ese hombre!
—¡Qué se va a hacer! Lo único que debe usted hacer es marcharse ahora mismo a Francia. Yo le acompañaré y, como conozco a los de la Aduana, no le dirán nada.
—Es que tengo la maleta aquí en la fonda.
—Yo diré que se la manden a usted; pero váyase usted. Hágame usted caso.