Seguí paseando con los amigos y fuí a la fonda.
Me encontré con los tres caballistas, que me pasaron a su cuarto.
Eran cervatos de Villar del Ciervo, y habían servido con el Empecinado.
Los tres cervatos eran contrabandistas y se habían sublevado con el Empecinado y conmigo en la Ribera del Duero, a principio de 1820.
Dos de los cervatos se quedaron a arreglar el ganado, y Bienvengas me dijo:
—Don Eugenio, usted está dejado de la mano de Dios.
—Pues, ¿por qué?
—¡Usted en España! ¿Sabe usted lo que le ha sucedido al Empecinado?
—Sí; sé que está preso en Roa.
—¡Pero cómo lo tratan! El corregidor don Domingo Fuentenebro lo tiene preso en un calabozo inmundo, y los días de fiesta lo saca y lo manda exponer al público, en una jaula, para que los realistas le insulten y le escupan.