Estaba entretenido en Irún, recordando los tiempos antiguos; había hecho nuevos amigos y solía charlar de política con completa libertad.

Un día estaba paseándome en la plaza, cuando aparecieron por la cuesta de San Marcial, que sube al pueblo desde el barrio del Bidasoa, tres hombres a caballo.

Uno de ellos se acercó a mí y me preguntó:

—¿Qué hora es?

Saqué el reloj y le dije la hora.

—¿No me conoce usted?—me preguntó desde el caballo.

—¡Diablo! Usted es un cervato.

—Sí; Bienvengas, el del Villar.

—Es verdad. ¿Y qué hace usted aquí?

—Voy a la fonda de Echeandia. Vaya usted. Allí nos veremos a la hora de comer.