—Te lo darán en seguida. El subdelegado es amigo nuestro. No sé si te acordarás de él: Carrese.
—Sí, sí. Ya lo creo.
—Le avisaré.
Vino Carrese a verme.
Este Carrese era un agente de negocios de Madrid, amigo de mi padre y mío. Cuando yo iba a la corte, por los años del 1816 al 20, y, después, en el período constitucional, solía acudir de tertulia a su casa, con un hermano del marino Churruca, y algunos otros. Estaba agradecido a mí, porque, en los tres años de Constitución, no dejamos los amigos de ir a visitarle, a pesar de ser él un fanático realista.
Carrese me recibió muy amablemente y me dió una tarjeta de seguridad.
Estuve seis días en San Sebastián, y, al cabo de este tiempo, marché a Irún a la fonda de Ramón Echeandia, compañero de mi niñez.
De los amigos de la infancia muy pocos vivían ya en Irún.
Todo el Aventino había desaparecido: unos habían muerto en la guerra de la Independencia, otros se habían embarcado para América.
El pueblo, a pesar de esto, era mayor, había llegado mucho forastero y tenía más tiendas que en mi época y dos o tres cafés.