Llegó el buque que se esperaba, y mi tío Ibargoyen no apareció; pero Berroa recibió una carta suya diciendo que no saldría hasta el otro correo, lo que hacía que no pudiera llegar hasta pasado mes y medio.
Berroa dijo que pensaba ir en el intervalo a Irún a ver a sus parientes y, de allí, a San Ignacio de Loyola, pues había hecho la promesa de hacer ejercicios, durante una terrible tormenta que le cogió en el Pacífico.
Berroa me instó a que yo hiciese lo mismo. Como mi primo era muy bruto, no quise discutir con él acerca de los ejercicios espirituales, y le dije que no me convenía entrar en España, y que, únicamente, si mi tío Sebastián Ignacio de Alzate me escribiera diciendo que no corría ningún peligro en San Sebastián, entraría.
Mi primo Berroa escribió al tío Alzate, que le contestó y le envió una carta para mí, diciéndome que podía ir a San Sebastián sin ningún cuidado.
En vista de esto, acepté, y Zangroniz se encargó de pedir los pasaportes para Berroa y para mí. Salimos de Burdeos y llegamos a Irún. El cura Errazu me recibió muy amablemente, y me hizo que le contara mis andanzas.
Mi primo quedó en Irún y me dijo que le esperara diez días más tarde, en San Sebastián, para ir a Loyola.
—Sí, sí—le dije yo—, esperaré.
De Irún marché a San Sebastián y fuí a ver a mi tío Alzate. Este era secretario del ayuntamiento y absolutista, pero no muy fanático. Creía que la política no tenía que ver gran cosa con la vida.
—No tengas ningún cuidado—me dijo—; a pesar de ser absolutistas, estamos dando más ejemplos de tolerancia que vosotros. Hemos tenido constitucionales en el pueblo y han vivido sin que nadie se meta con ellos. Además, eres mi sobrino, y basta.
—Necesitaré algún papel de la policía—le indiqué.