—¿Y cómo lo sabe usted?—me preguntó él.
—Porque he estado con él en Alejandría.
Conté mi viaje con todos sus accidentes, cosa que les interesó mucho; Urmendia me dijo que había supuesto si yo sería algún militar de los del ejército de Mina.
Nos detuvimos en Montpellier, y el beneficiado y yo vimos la ciudad, la catedral, el paseo de Peyrou y algunas otras cosas.
Urmendia se nos escapó; le pregunté a Pinedo qué hacía mi paisano, y el cura me confesó que su amigo era un empresario de casas de juego y que estaba preparando el negocio en aquellos pueblos con otros jugadores franceses. El beneficiado era también accionista de la empresa.
Regresó Urmendia a la fonda, y me despedí de él y del beneficiado. Tomé la diligencia, llegué a Toulouse, donde no hice mas que comer, y continué hasta Burdeos, donde me apeé en el Hotel Richelieu.
Escribí un billete a don Juan José Zangroniz, comerciante y corresponsal de Alzate e Ibargoyen, de Méjico, anunciándole mi llegada y el hotel en que me encontraba, y lo despaché con un mozo de la fonda. A la hora de haberlo recibido se presentaron en la fonda Zangroniz y mi primo Berroa, a quien no había visto desde que yo tenía ocho años, en Irún. Berroa me dijo que nuestro tío Ibargoyen llegaría al cabo de quince días o un mes. Como yo tenía pasaporte como súbdito inglés, le dije a Berroa y a Zangroniz que pensaba utilizarlo para ir a América.
Berroa me dijo que no lo hiciera, que entre los comerciantes de Méjico un inglés era siempre mirado como un hereje, y que preguntase a don José Ignacio de la Torre de Vera Cruz, a Ibarrondo el de Guadalajara de Méjico, a Iñigo y a otros comerciantes mejicanos que estaban en aquel momento en Burdeos, y vería cómo me decían lo mismo.
Efectivamente, tanto la Torre, como Ibarrondo, me dijeron que si iba como súbdito inglés me perjudicaría mucho entre los mejicanos y los españoles, que me mirarían como un luterano o un calvinista.
Zangroniz se encargó de poner en regla mi pasaporte como español, y lo arregló pronto.