—En el acento y en el tipo. Hasta aseguraría que este señor—y señalé al de mi izquierda—es vascongado.
—Cierto. Soy de Tolosa, y mi compañero, de la Rioja. Y usted, ¿de dónde es?
—Soy nacido en Madrid, pero hijo de guipuzcoanos y criado en Guipúzcoa.
—¿Es usted comerciante?
—No, emigrado.
—¿Liberal?
—Sí.
—Yo también—me dijo el riojano—. He sido cura beneficiado de Haro, y, como me manifesté partidario de la Constitución, los realistas y la gente de iglesia me hicieron tal guerra, que me tuve que escapar a Francia.
El beneficiado Pinedo—así se llamaba el cura—, parecía un buen hombre; el guipuzcoano, que se apellidaba Urmendia, era hombre de más conchas.
Llegamos a Nimes, nos hospedamos en un buen hotel, y, después de descansar, el beneficiado Pinedo y yo recorrimos la ciudad y vimos los monumentos. Urmendia desapareció y no le vi hasta las diez de la mañana del día siguiente, en que tomamos la diligencia para Tolosa de Francia. Hablamos Urmendia y yo de Basterrica, a quien conocía, por ser del mismo pueblo, y a quien creía en América. Le dije yo que estaba en Alejandría de Egipto.