EL FINAL DEL EMPECINADO
Narración de Aviraneta
A los tres días de salir de Ondara llegamos, en la barca del Farestac, a la vista de Marsella. Hicimos nuestras señales, y vino, por la mañana, a bordo de nuestro lanchón la falúa de sanidad, con un médico.
Urbina, la Clavariesa y yo embarcamos en la falúa y fuimos al lazareto.
Nos introdujeron en una sala y nos examinaron y tomaron el pulso.
Luego nos llevaron delante de un tribunal, y el presidente nos declaró libres de contagio. Nos fumigaron las maletas y quedamos libres.
La Clavariesa y Urbina fueron al mejor hotel de Marsella, y yo a un modesto garní de tres francos.
Al día siguiente me presenté en la mensajería real y tomé un asiento en la berlina de la diligencia de Burdeos. Iban conmigo dos compañeros que dormían como troncos. Yo, que nunca he podido dormir en coche, me dediqué a fumar.
Anduvimos toda la noche; amaneció un hermoso día, y mis compañeros, que se despabilaron, me saludaron en mal francés.
—Estos son españoles—pensé yo—, y les hablé en castellano.
—¿Cómo ha conocido usted que éramos españoles?—me preguntó uno de ellos.