Tres días después de salir de Nápoles, tuvimos un tiempo de calma chicha. Nos dedicamos a pescar desde el barco, y cogimos unas hermosas doradas.
Buonaccorsi nos preguntó si sabíamos nadar. Yo le dije que sí.
Aviraneta también. Nos desnudamos y nos echamos al agua. El capitán mandó a un marinero y a Beppo, el grumete, que estuviesen con el bote cerca.
Nadamos durante una hora, y, al volver, nos encontramos con la desolación en el barco.
Al grumete Beppo se le había ocurrido desnudarse y echarse a nadar; pero, fuera que se hubiese enredado en algunas hierbas marinas, o que algún pulpo se le había enganchado, el caso es que se hundió y no pareció.
Al ocurrir esta desgracia, Mac Clair había salido del camarote y estaba en la borda mirando el mar. Los marineros de la Santa Chiara aseguraron que Mac Clair le había dado la jettatura al pobre grumete.
Después de la calma chicha, tuvimos un temporal violento, que los marineros atribuyeron también al mal de ojo que daba Mac Clair al barco.
El espíritu de la tripulación se fué haciendo cada vez más hostil a nosotros, y Buonaccorsi nos participó que no iba a tener más remedio que desembarcarnos en el primer puerto.
Así lo hizo, y un día de mayo desembarcamos en Ondara.