El barco se detuvo en Nápoles. Como Mac Clair se ponía cada vez peor y quería volver a su patria, cuanto antes nos embarcamos en una polacra que iba a Gibraltar.
La polacra se llamaba la Santa Chiara, y era su capitán el capitán Buonaccorsi. Eran nueve marineros, el contramaestre y un grumete.
Se levaron las anclas y salimos del puerto.
Hicimos con el capitán muy buenas amistades. Era un hombre amable y complaciente y cedió una cámara próxima a la suya a Mac Clair.
De día solíamos charlar constantemente, porque el capitán era hombre instruído, y seguíamos nuestras conversaciones de noche, sentados en un banco, próximo al timón. Buonaccorsi era carbonario y con este motivo intimó con Aviraneta.
Solíamos hacer unas comidas espléndidas. Aviraneta había hecho provisiones en Nápoles.
Buonaccorsi levantaba una trampa de la toldilla de popa, y solía sacar de un arcón café molido, azúcar, galletas, tarros de manteca y aguardiente.
Después de comer los marineros, comíamos nosotros y, a veces, teníamos verdaderos banquetes. El grumete Beppo nos servía la comida y solíamos reírnos con sus ocurrencias, porque era un chico listo y gracioso.
El pobre Mac Clair era el que no participaba de estos banquetes.