La noticia produjo un gran efecto en el barco; la popularidad del lord poeta era extraordinaria.
Tuvimos en la travesía un tiempo muy bueno.
Yo dormía en el sollado y, la mayor parte de los días, sobre cubierta.
Los franceses se reunían a almorzar y a comer en una mesa, debajo de un toldo, y allí bebían y charlaban por los codos.
Como en esta época no había simpatía entre franceses e ingleses, y los oficiales franceses iban en una clase inferior a la del comisario griego y a la de Aviraneta, no nos reuníamos unos con otros.
Yo bajé varias veces a la cámara, que se había convertido en gabinete de lectura. El comisario griego leía a Píndaro; Aviraneta, los libros de la biblioteca del barco.
Aviraneta y yo hablábamos mucho de España.
Como hacía ya mucho calor, solíamos ir por la tarde a la toldilla de popa y allí comenzaron a ir el comisario, su mujer y su cuñada.
Estas dos damas eran hijas de un coronel francés del Imperio, y la casada no tenía más distracción que leer las memorias de los generales de Napoleón.
Charlamos con ellas acerca de política y de literatura.