Cruzamos con muchos barcos, grandes y pequeños, y nos acompañó durante algún tiempo un corsario griego, el Vigilante. Ibamos muy cerca, y se les veía a los corsarios con su facha de bandidos.
—¿Cómo no les persiguen los turcos?—le pregunté a un marinero.
—Los marineros turcos son muy malos—me dijo—. Nombran capitanes a gente que no sabe nada de náutica, no se ocupan de sus barcos y creen que sus cañones son buenos si meten mucho ruido.
Al día siguiente se nos acercó un bergantín mercante. Izamos bandera inglesa; ellos, francesa.
—¿A dónde van?—nos preguntaron.
—A Nápoles. ¿Y ustedes?
—A Chipre. ¿De dónde vienen?
—De Missolonghi.
—¿Qué se sabe de lord Byron?
—Ha muerto.