—Yo le veré al capitán—indicó—. Con la recomendación especial que me dió en vida lord Byron me atiende mucho.
Aviraneta explicó al capitán del barco lo que ocurría; pero éste aseguró que tenía los demás camarotes ocupados y que únicamente, si el comisario griego quería trasladar su equipaje, se podría conseguir el desocupar uno.
—Vamos a ver al comisario griego—dijo Aviraneta—; lo conozco por haberle visto en compañía de lord Byron, y supongo que nos atenderá.
Se avisó al comisario y bajamos a la cámara del barco, y esperamos.
El comisario era un hombre de unos cincuenta años, gordo, pesado, con la nariz de cuervo, el pelo negro, el bigote largo y unas ojeras de color morado obscuro.
Este comisario era un phanariota. Los phanariotas, habitantes del barrio griego de Constantinopla que llaman el Phanar, no son griegos puros, sino mixtos de otras razas; son como los judíos, gente de comercio que han vivido siempre entregados a la usura y a los negocios.
Aviraneta explicó en francés al comisario lo que ocurría. El comisario, al principio, no parecía dispuesto a ceder; pero Aviraneta le dijo claramente que no le parecía digno que a un coronel que había ido a defender la independencia de Grecia, enfermo de cuidado, se le dejara abandonado en un rincón infame.
El comisario se avino a razones y dispuso que uno de sus criados desalojase un camarote. Como este camarote era pequeño, Aviraneta no quiso que fuera allí Mac Clair y cedió el suyo yendo él al pequeño.
El que cedió era el mejor del barco.
Instalé a Mac Clair en la cámara. Por la noche nos hicimos a la vela y comenzamos nuestra navegación.