—No le he oído hablar de él nunca.
—¿Era un incrédulo de verdad en cuestiones religiosas?
—No sé. Algunas veces le he oído decir: soy una oveja descarriada, pero no tanto como cree el mundo.
Cuatro días después de mi encuentro con Aviraneta, se presentó a la vista de Missolonghi la corbeta Egina, que salía para Nápoles.
Fuimos Mac Clair y yo por la mañana y entramos en la lancha y nos dirigimos a la corbeta. La mayoría de los pasajeros eran militares franceses muy bulliciosos.
El capitán de la corbeta, Jorge Belisarios, fué designando a cada uno su camarote y entregándole una chapa con un número y fijando otra chapa de hoja de lata en las puertas de los camarotes.
A Mac Clair y a mí nos tocaron los peores.
Poco después de embarcar nosotros, llegó a la Egina una lancha que conducía al comisario griego de Missolonghi, a su señora, sus hijos y varios criados con una porción de bultos.
Aviraneta me preguntó qué tal estábamos instalados, y le dije que mal.