—Pues era ordenadísimo. A las ocho tocaba el timbre; entraban Tita, el criado, y Fletcher, el ayuda de cámara. Estaban media hora. A las ocho y media tres secretarios, con sus cartapacios, pasaban un cuarto de hora. Luego venía el oficial de guardia, otro cuarto de hora. A las diez menos cuarto, Fletcher, con dos teteras de plata en una bandeja, y Tita, con otra bandeja con tazas y un azucarero de China. A las diez, el médico. A las diez y cuarto, los comisionados griegos.

—¿Y todos los días lo mismo?

—Todos los días lo mismo.

—Es curioso que usted haya visto sólo por dentro lo que yo he visto sólo por fuera. ¡Qué pensaba Byron!

—Byron tenía ideas de poeta. Creía que era necesario para Europa que Grecia se reconstituyera. Afirmaba que los griegos iban a ser con el tiempo lo que fueron en la edad antigua. Para este resultado quería no sólo trabajar, sino sacrificarse. ¿Qué importa mi vida?—me decía.

—Y usted, ¿qué le contestaba?

—Hombre, yo no tengo esa religiosidad ni esa pasión por Grecia. Yo no soy poeta. Yo me callaba.

—¿Y, prácticamente, qué quería hacer?

—Quería inculcar espíritu de unión a los jefes y desterrar la barbarie. Por lo que me indicó, había muchas disidencias entre los griegos. Parece que el comité de Missolonghi y el gobernador de esta ciudad le invitaban a que fuera al Congreso de Salamis, y Maurocordato le excitaba para que fuera a Hydra. Una y otra facción le enviaban cartas, mensajes, e intrigaban y se denunciaban.

—Y del coronel Stanhope, ¿qué opinaba?