—Pues era un hombre amable y muy asequible; a veces, de una gran afabilidad.
—Sí, para la gente original y extraña como usted. Un guerrillero español que ha guerreado a las órdenes de un cura no se encuentra todos los días. Para nosotros, paisanos suyos sin historia, no era tan asequible el lord, ni mucho menos.
—Sí, claro; esto se explica.
—¿Y de qué hablaban ustedes?
—Principalmente, de España y de los guerrilleros. Le interesaba mucho la vida y el carácter de Merino, del Empecinado y de los otros cabecillas españoles, las ideas, la manera de guerrear, sus odios, sus antipatías y demás detalles.
—¿Y qué vida llevaban ustedes?
—A las cinco de la mañana tocaban los pífanos y tiraban un cañonazo. Era la señal de levantarse todo el mundo. Yo me vestía de prisa, salía al instante del camarote, para que lo limpiaran, y luego volvía a vestirme de etiqueta.
—¿A qué hora se levantaba el lord?
—Al amanecer. Solía estar leyendo y escribiendo hasta las ocho en punto, en que llamaba. Lo hacía todo con una exactitud cronométrica.
—¿Sí? ¡Qué extraño! ¡Con la fama de hombre irregular que tenía!