Marchamos él y yo a caballo, de uniforme, escoltados por un piquete de lanceros.
Nos apeamos a la entrada del Ayuntamiento y subimos al salón de sesiones. Al vernos los concejales rodearon al Empecinado. Estaba el general hablando con gran animación con unos y con otros cuando un portero del Ayuntamiento, a quien conocía de la logia masónica, me llamó y me dijo en voz baja:
—Don Eugenio, venga usted.
Le seguí y salimos fuera del salón.
—El Empecinado y usted están en este momento en un gran peligro—me dijo.
—Pues, ¿qué pasa?
—Ahora mismo aquí se está fraguando una conjuración realista que va a estallar. En este instante, en una sala del piso bajo, se hallan reunidos más de cien absolutistas de influencia, con objeto de constituír un Ayuntamiento para reemplazar al constitucional.
—¡Diablo! ¿Y es gente de armas tomar?
—Están armados hasta los dientes; algunos han propuesto a la Junta matar al Empecinado, proposición que se ha rechazado gracias a las exhortaciones de un cura viejo que se halla entre los conspiradores.
Al escuchar la confidencia del portero entré rápidamente en el salón de sesiones; me acerqué al Empecinado, le agarré de la manga, le arrastré a un rincón y le expliqué lo que pasaba.