—Probablemente—dijo Mala Sombra a Maricuela—, dentro de un par de horas pasarán por delante de usted los realistas. Cuando lo hayan hecho, usted se correrá con sus fuerzas hasta cerrar el paso del soto.

—Está bien.

Luego de arreglado este punto, nos encaminamos Mala Sombra, el Chiquet y yo hacia las riberas del Tormes y nos emboscamos en el lindero del sotillo. Eran las tres de la mañana. No había amanecido aún, todo estaba en el mayor silencio.

El Chiquet, por orden nuestra, fué a ver al sargento Juan de Dios y volvió poco después con uno de nuestros confidentes: el tratante de ganado. Este hombre nos dijo que venían seiscientos jinetes realistas con buenos caballos en dirección a Alba de Tormes. Habían salido de su campamento por la noche. Despachamos al tratante y le pagamos.

Una hora después, un poco antes de amanecer, llegó el otro confidente: el cosario. Nos confirmó las noticias anteriores, y aseguró que el enemigo estaba percatado de los movimientos de nuestra columna y de la gran requisa de granos y de reses que habíamos hecho para abastecer la plaza de Ciudad Rodrigo. Con el objeto de apoderarse de nuestro botín, el general don Enrique O'Donnell había destacado dos columnas para interceptar nuestro paso camino de Zamora; pero, al llegar a las inmediaciones de esta ciudad, había sabido el jefe realista que, a favor de una marcha forzada, nos dirigíamos a pasar el Tormes por Alba.

El cosario añadió que una de las columnas, compuesta de mil infantes y ciento cincuenta caballos, debía de llegar a Alba en la tarde del día que estaba amaneciendo. Esta columna venía de Salamanca.

Pagamos a nuestro hombre y quedamos en observación. Acababan de dar las cuatro cuando oímos las cornetas de la caballería de los realistas, y, poco después, comenzaron a voltear las campanas del pueblo en señal de regocijo.

Mala Sombra y yo nos acercamos a Juan de Dios, y el capitán le dijo al sargento:

—Aquí te quedas con tus lanceros. Si el enemigo pasa el puente y te ataca, te batirás en guerrilla retirándote hacia el soto, y luego echaréis a correr en fuga como a la desbandada por el páramo adelante. Cuando hayan entrado todos en el páramo, los envolveremos.

Tras de dar sus instrucciones, el capitán y yo atravesamos el soto y nos unimos con las fuerzas del teniente Gotor.