—Por qué. ¿No van a salir otros oficiales y soldados?
—Sí; pero la suerte que usted intenta ejecutar es más peligrosa.
—¡Bah! La he hecho otras veces.
—Dicen que quiere usted mancornar al último toro, el que va a matar el Ochavito.
—Cierto.
—Todos los que entienden de eso dicen que ese toro es de demasiada alzada y demasiada fuerza para mancornarlo. No haga usted la suerte con ese toro, sino con otro.
—No, no; con ese.
—Comandante—exclamé—, todo el mundo sabe que es usted un valiente: su fama de valor está bien cimentada desde hace mucho tiempo. Lo necesitamos a usted. Es usted necesario para la Patria y para la Libertad. ¿A qué exponer la vida estúpidamente?
—No puede ser, no puede ser—dijo él—. He dado mi palabra al pueblo. No puede ser.
Por más argumentos, por más consideraciones que hice, no conseguí nada.