Se organizó una cuadrilla completa con espadas, banderilleros y monosabios. Las señoritas de la ciudad hicieron moñas vistosas con cintas de sedas de colores y adornaron las banderillas con papeles rizados.
El domingo, por la mañana, sería la corrida. Habían enarenado la plaza y señalado las localidades. Estaba acabado el programa. De los cuatro toros que se iban a torear, los dos últimos serían de muerte; el primero de éstos, un becerro de tres años, estaría a cargo del teniente Gotor, y, el segundo, el más fuerte y de más hierbas, lo mataría el Ochavito.
Estaba así dispuesto el programa, cuando se supo que iba a haber un número nuevo; pues el Capitán Mala Sombra pensaba salir al ruedo a mancornar el último toro, el del Ochavito: un toro salamanquino de mucha alzada y potencia.
Pregunté al Ochavito en qué consistía esto de mancornar.
—El mancornar—me contestó el espada—es una suerte de vaqueros. Un hombre puede coger (así decía él) un novillo de tres años; pero a un toro es imposible sujetarlo. Cuando se trata de coger un toro, se le debe primero capear, haciéndole sufrir todo el destronque posible, y cuando se nota que ya está sin fuerzas, lo cual se consigue muy pronto en sabiendo bien sacarle la capa, va uno y le agarra de la cola; el que mancornea, al pasar el toro junto a él le coge el pitón derecho con la mano derecha y, con la izquierda, el pitón del otro lado. Entonces, a fuerza de pulso, se le vuelve al animal la cabeza y se le echa en tierra.
Después de esta explicación pregunté a Juan de Dios a qué se debía esta humorada de Mala Sombra, y me dijo el sargento que la causa eran los celos, porque el teniente Gotor galanteaba a la misma muchacha.
Mala Sombra había buscado la manera de que Pancalieri, el piamontés, estuviera alojado en casa de su amada, y Pancalieri se había hecho amigo de la niña y le daba recados de parte de Mala Sombra.
Conté al Empecinado lo que ocurría, y el general me dijo que fuera a ver a Mala Sombra y le prohibiera rotundamente salir a la plaza bajo pena de arresto.
Fuimos el Chiquet y yo en busca del Capitán Mala Sombra. Nos dijeron que vivía en la posada del tío Barrueco, pero allí no estaba; después tuvimos que preguntar casa por casa en el arrabal de San Francisco y en el del Río, y, al último, lo encontramos en un verdadero palomar escribiendo febrilmente.
—Comandante—le dije—, el general ha sabido que piensa usted salir a la plaza y me envía para que le disuada de ese absurdo proyecto.