Ya separados, a un oficial se le ocurrió la idea de que, para celebrar la victoria obtenida en Alba de Tormos y el éxito de la requisa, nada estaría mejor como dar una corrida en la plaza de la ciudad.
El proyecto levantó un gran entusiasmo en la tropa y en el pueblo; se pidió permiso al alcalde y al comandante militar, que lo concedieron, y se comenzaron a hacer preparativos.
El Empecinado y yo salíamos por aquellos días constantemente al campo y volvíamos de noche. Al saber el proyecto el Empecinado, se incomodó y dijo que de ningún modo permitiría que se celebrase la corrida.
Era don Juan Martín enemigo acérrimo de los toros; creía que este espectáculo no sólo no fomentaba el valor, sino que acrecentaba la indiferencia por los dolores ajenos y la cobardía. Entre los liberales las ideas de don Gaspar Melchor de Jovellanos sobre las corridas estaban entonces muy en auge.
Al saber la negativa del general, una comisión formada por militares y paisanos fué a visitarle a su alojamiento. El Empecinado trató de disuadirles de que celebraran la corrida; les exhortó, les expuso una serie de argumentos, pero los paisanos y los soldados quedaron tan mustios y cariacontecidos, que don Juan Martín, mal de su grado, tuvo que acceder.
—Bien, haced lo que queráis—terminó diciendo—; pero a mí no me invitéis, porque no iré de ningún modo, ni por ningún motivo.
La comisión escuchó muy seria las palabras de don Juan Martín, lo que no fué obstáculo para que a la salida marcharan militares y paisanos bailando de alegría.
En los días siguientes, el Ayuntamiento, el vecindario y los militares se dedicaron con gran entusiasmo a cerrar la Plaza Mayor y a construír gradas dentro de los soportales de la Casa del Consistorio.
Siguiendo las costumbres de la ciudad, antes de celebrarse la corrida se rifaron los sitios entre las familias que mandaron construír los tendidos por su cuenta.
Había en nuestra columna un nacional de Madrid, Juan López (el Ochavito), primer espada de alguna nombradía que había toreado en su juventud con Pepe-Hillo, y un aficionado llamado Isidro García, el Buñolero.