Una vez que le preguntamos si era patriota, nos contestó con un cándido cinismo:

¡Ma ché! No io no sono patriota. ¡Oh, no! Vivir, vivir agradablemente, io non volio más que eso. Tener unas cosas guisadas para comer, y unos trajes, y una casa y alguna mujercita para divertirse; pero ¡la Patria! ¡la Historia! ¡sacrificarse por eso! ¡Ma ché! No. ¡Qué tontería!

Pancalieri hablaba así y obraba en consonancia con su sistema. Su egoísmo natural y sonriente no llegaba a molestar. Mala Sombra, que tenía conceptos diametralmente opuestos, protegía al italiano; quizá pensaba que sus palabras las decía en broma; quizá habría entre los dos ese acuerdo íntimo que produce la amistad estrecha y efusiva.

En unos días de conocerse, durante el camino, el Capitán Mala Sombra comenzó a aficionarse tanto a la compañía de Pancalieri, que le trataba como si fuera su hermano; le hizo confidencias acerca de sus amores, y le pidió consejo.

Corti, mientrastanto, seguía trabajando en la administración militar, y todos los días yo conferenciaba con él.

A los ocho días de salir de Alba de Tormes llegábamos a Ciudad Rodrigo. El Empecinado dió cuenta de su comisión al comandante de la plaza, anunciándole que horas después llegaría un gran convoy de ganado vacuno y mil fanegas de trigo.

El comandante recibió la noticia con júbilo y la comunicó al Ayuntamiento, que en corporación fué a dar gracias al Empecinado, pues el pueblo se encontraba muy escaso de víveres.

VIII.
LA DECISIÓN DEL CAPITÁN

Al día siguiente de llegar nosotros, entró en Ciudad Rodrigo el ganado vacuno requisado, que se llevó a la plaza pequeña del pueblo, llamada plaza de Béjar.

Como entre aquellos bueyes y vacas mansas había algunos toros bravos de tierra de Portillo y Salamanca, se consideró indispensable apartar unos de otros para llevarlos a las dehesas próximas al pueblo.