Nosotros iríamos a retaguardia después de descansar.
A la mañana siguiente, al salir de mi alojamiento, encontré al Empecinado ya de pie. Estaba tan forrado de ropa que no podía moverse. Le ayudamos a montar a caballo. Se organizó la columna y anduvimos hasta la noche, en que descansamos en una aldea.
Por todos aquellos pueblos a la redonda hicimos requisa de ganado vacuno, con promesa de pagar a los ganaderos y a los Ayuntamientos. Sólo al marqués de Cerralbo le llevamos más de quinientas reses. Es posible que esto influyera en la familia para hacerla reaccionaria.
Tras de una marcha lenta de cuatro días, entró el convoy completo en Vitigudino, y la columna, tras él.
Durante este viaje el Capitán Mala Sombra, que ya era para los efectos oficiales el comandante Porras, se hizo amigo íntimo del italiano Pancalieri.
Al principio éste y Corti nos miraban con temor; debían tener mala idea de los españoles, creían seguramente que cada uno de nosotros era un perfecto bandido; pero como ambos eran perspicaces, notaron en seguida la clase de gente que había en la tropa, y se familiarizaron con ella.
Corti nos resultó un gran administrador y se encargó de llevar las cuentas de los suministros de la división.
Pancalieri se mostró un tanto perdido; bebía, hacía el amor a las chicas de los pueblos; jugaba al monte con nosotros y nos ganaba el dinero. A los dos o tres días estaba ya a sus anchas y nos tuteaba a todos los oficiales.
Pancalieri era un muchacho amable, simpático alegre, egoísta y jovial. Por lo que contó, su familia gozaba de buena posición en Turín; pero descontenta de sus calaveradas había intentado meterle en un convento, y él se había alistado en la tropa del príncipe de Carignan por el gusto de correr aventuras.
Era Pancalieri un muchacho fuerte, de mediana estatura, el pelo rubio obscuro, el bigote pequeño y los ojos claros. Hablaba en su lengua enrevesada mixta de español, de italiano y de dialecto piamontés con una gran libertad. Sus opiniones eran de una audacia extraordinaria.