Después de la misa mayor comenzaron a llenarse los balcones de la plaza. Había una lucida representación de señoras y señoritas, de caballeros de negro y de militares de uniforme. Estaba aquello de gran gala.

El sol era espléndido y los abanicos temblaban en el aire. Yo no quería presenciar la corrida para hacer causa común con el Empecinado; pero tenía gran curiosidad de ver lo que hacía Mala Sombra, y también grande de observar la actitud de Conchita Aguilafuente.

Estuve en el salón de la casa Ayuntamiento, paseándome arriba y abajo, mientras la gente se asomaba a los miradores abiertos.

Una de las señoras que nos había oído hablar a un teniente y a mí de Conchita me dijo:

—Ahí está Conchita con su madre y ese italiano que hicieron ustedes prisionero.

Miré, y, efectivamente, estaba en un segundo piso de la Plaza Mayor, en la casa de un comerciante, en compañía de su madre y de Pancalieri.

Como yo siempre he tenido una tendencia estratégica, recordé que en la casa del Ayuntamiento había un depósito de papeles del Archivo que tenía una ventana que daba muy cerca del balcón donde estaba Conchita.

Le pedí al portero que me abriese la puerta de aquel cuarto.

—No va usted a ver nada, don Eugenio—me dijo él.

—No importa—le contesté—, quiero ver el público.