El portero me abrió y yo pasé adentro.
Me asomé a la ventana. A una corta distancia se veía el balcón en donde estaban Conchita, su madre y Pancalieri. Se veía además parte del interior de la habitación, que era una sala de pueblo con un espejo, una consola y unas sillas de damasco. La Conchita coqueteaba con Pancalieri de una manera disimulada.
—¡Demonio! ¡Qué descubrimiento!—me dije—. Este granuja de italiano se la está pegando de una manera ignominiosa al pobre Mala Sombra.
Comenzó la música, y poco después la corrida. De cuando en cuando sonaba un ¡ah! de emoción que se levantaba en el aire. Era, sin duda, en el momento en que algún torero estaba expuesto a ser cogido.
Cuando terminó el primer toro fuí al salón y me acerqué a la gente. Algunas personas, sin duda de nervios fuertes, encontraban que la corrida tenía pocas emociones y que aquellos becerretes no valía la pena de torearlos.
Al comenzar de nuevo la brega volví a mi observatorio.
El segundo toro dió poco juego. En el tercero la expectación se acentuó. Iba a matar el teniente Gotor.
Miré al balcón de Conchita. Ella estaba encendida. Pancalieri, con un aspecto cínico y sonriente. Ella aprovechaba las ocasiones de frotarse con él, y se estrechaban las manos sin que la madre les viera.
A veces ella entraba en la sala y se besaban, y estaban largo rato con los labios unidos. El forcejeaba con ella, y ella se escapaba de sus brazos y volvía a salir al balcón encendida y con un aire compungido.
La faena del teniente Gotor debió de ser brillante, a juzgar por la tempestad de aplausos y de bravos que estalló en la plaza.