Concluyó el tercer toro y salí de mi cuartucho. En el intermedio Conchita y Pancalieri, comprendiendo que la curiosidad del público se desviaba de la plaza para explorar los balcones, se separaron uno de otro y tomaron un aire de indiferencia.
Cuando comenzó el último toro, el Chiquet me agarró del brazo y me dijo:
—Venga usted, mi teniente.
Como tenía gran curiosidad me dejé llevar. Hubiera dado cualquier cosa porque la fiesta hubiese terminado. El último toro era grande, negro, con una cornamenta larga y afilada. Perseguía furioso a quien se ponía frente a él. El público vociferaba entusiasmado; los toreros apenas se atrevían a acercarse al animal. Únicamente el Ochavito y el Buñolero se plantaban delante y le daban recortes con la capa. A fuerza de estos lances el animal pareció cansarse, y en un momento que se paró el Buñolero le agarró de la cola.
Entonces se vió a Mala Sombra que avanzaba con el Ochavito, acercándose al toro. En un momento se agarró con presteza a las astas, cuadrándose de pechos ante la fiera. El hombre y el toro quedaron inmóviles; el hombre empujó la cabeza del animal por las puntas, la bestia alzó el hocico, y entonces el hombre metió el hombro por debajo de la barba del animal, y de un empujón lo tumbó al suelo, le puso el pie en el hocico y lo sujetó así.
Hubo una tempestad de aplausos. El Capitán Mala Sombra miró entonces al sitio donde estaba su amada. ¿Qué vió? No sé. Quizá comprendió rápidamente lo que pasaba entre Conchita y Pancalieri; el caso fué que el capitán soltó el pie, el toro se levantó de improviso, dió un topetazo con el cuerno en mitad del pecho al capitán y pasó por encima de él.
Después se vió al capitán erguirse un momento echando sangre a borbotones por la boca, y luego caer desplomado.
Hubo un momento de pánico entre los toreros.
El público aúllaba como una mujer loca, y salía de él un largo y enorme alarido. Algunos querían escapar, pero la mayoría estaba anhelante de angustia, de curiosidad y de pasión.
—¡Calma!, ¡calma!—dijo el Ochavito.