—Esperaos, que ahora viene lo bueno—gritó el Buñolero, como si el espectáculo de la muerte no le afectase lo más mínimo.

El Ochavito y el Buñolero metieron sus capotes y jugaron con el toro, mientras dos alguaciles recogían el muerto.

Algunos pidieron a gritos a la presidencia que terminara la corrida y retiraran al toro, pero esto no era fácil, ni mucho menos.

—Dejadlo—dijo el Ochavito—, yo lo mataré.

El Ochavito y el Buñolero fueron llevando al toro hasta un ángulo de la plaza. El Ochavito dió unos pases de muleta mientras el Buñolero le ayudaba con el capote.

—Échale un poco más allá—decía el Ochavito—. Bueno, bueno; ya está.

Después de algunos vanos intentos, cuando le tuvo a su gusto el Ochavito, se cuadró, y de una estocada como un rayo dejó al toro muerto.

El Buñolero se acercó con una bayoneta en la mano y le dió la puntilla.

La gente, olvidada ya del capitán, comenzó a aplaudir y a gritar. El público fué despejando la plaza; marchaban las mujeres llevando lágrimas en los ojos.

Conchita y Pancalieri se habían retirado del balcón. Me acerqué yo al sitio donde había muerto Mala Sombra, y en este momento vi salir a Conchita con su madre. Tenía una palidez de espectro, los ojos rojos, como de haber llorado, y la boca con un rictus de amargura.