X.
PANCALIERI
En la casa del Capitán Mala Sombra estaba expuesto su cadáver.
Había llegado su madre, una vieja campesina de un pueblo próximo, y lloraba rodeada de las mujeres de la vecindad.
Estuvimos allí todos los oficiales de la guarnición, comenzando por el Empecinado; se encontraban también los dos italianos, Corti y Pancalieri. Pancalieri estaba triste y cariacontecido.
—¡Qué folia!—me dijo—. Este hombre se ha matado.
—Sí; mientras usted abrazaba a su novia él se ha matado por ella—le dije yo, en voz baja.
—¡Ma ché! No. Sería demasiado idiota.
—Pues no le quepa a usted duda. Los que le han visto de frente me han dicho que al levantar la mirada al balcón donde estaban ustedes se le demudó el rostro, y entonces dejó de sostener la cabeza del toro y se dejó matar.
—¡Ah povero! ¿Pero usted cree que se habrá matado por ella?
—Sí.