EL NIÑO DE BAZA

Otro día paseábamos por el Retiro Aviraneta y yo, y hablábamos de los prestigios políticos de nuestro país, cuando don Eugenio me dijo: Varias veces me he asombrado yo, al leer en las historias que se publican de mi tiempo, cómo muchos hombres de talento y de energía han quedado obscurecidos, y cómo, en cambio, otros, vulgares y adocenados, han tenido el relieve de primeras figuras. Yo, jamás hubiera pensado, por ejemplo, que mi amigo don Bernardo Borja Tarrius fuera hombre que pasara por la vida sin dejar el menor rastro, ni el más pequeño recuerdo.

Borja Tarrius era para mí, al menos, un sabio. Conocía seis o siete idiomas a la perfección; tenía una memoria prodigiosa; había viajado mucho y leído más. Era una enciclopedia viviente. Como muchos hombres del tiempo, sentía una gran inclinación por la economía política, y estaba afiliado a la escuela de Jeremías Bentham. Vivía de dar lecciones, porque, a pesar de su talento, no encontró nunca protección oficial.

A Borja Tarrius le conocí la primera vez en Madrid, en una logia, antes del movimiento de Riego de 1820. Su inteligencia y su sensatez eran reconocidas por todo el mundo.

Por esta época, Borja Tarrius y don José María de Larreategui, que era el comisario de Guerra de la división del Empecinado, me llevaron a casa del brigadier Palarea para ver si nos poníamos de acuerdo en el movimiento revolucionario.

No llegamos a nada en esta conferencia.

Tres o cuatro años más tarde encontré a Borja en Gibraltar. Llegaba yo a esta plaza huyendo de Algeciras, como te he contado, y me metí en una posada, en donde se comía mal y se dormía en el suelo, pues no había camas.

En esta posada se encontraban don Bernardo Borja Tarrius y el diputado por Córdoba don José Moreno Guerra. Al verme, me acogieron los dos con amabilidad y formamos un grupo para comer. Era difícil ver juntos dos tipos tan diferentes como Borja y Moreno. Los dos tenían aproximadamente la misma edad, de cuarenta a cincuenta años. Borja Tarrius era un hombre grueso, rubio, pacífico, calvo y con patillas; Moreno Guerra, alto, huesudo, cetrino, con un hablar gutural; Borja Tarrius tenía el aire de un holandés flemático; Moreno Guerra era un moro.

En sus ideas se notaba una parecida divergencia. Borja se mostraba siempre equilibrado, siempre sereno, como la sensatez personificada; Moreno Guerra se caracterizaba por sus extravagancias. Era este hombre de sorpresas, osado, y al mismo tiempo cobarde, inteligente, y al poco rato, necio, amable y sin transición soez. Asiduo lector de Maquiavelo, de los libros del famoso florentín quería sacar consejos para la práctica política española. Entre sus muchos proyectos absurdos, Moreno Guerra había tenido la idea de hacer de Cádiz una ciudad republicana independiente, a estilo de Hamburgo y Brema.