Reunido con Moreno Guerra y Borja Tarrius, iba pasando mal que bien el tiempo en la posada gibraltareña, cuando un día, instigados por el diputado andaluz, que estaba enfermo del hígado, salimos él, Borja y yo a respirar el aire libre. Hacía un calor sofocante. Al cuarto de hora de nuestro paseo se nos presentaron tres policías y nos pidieron la boleta de residencia.

No la teníamos y tuvimos que confesarlo.

—Bueno, vengan ustedes—nos dijo el jefe de los policías. Les seguimos, nos llevaron al muelle y nos dejaron allí como si quisieran dedicarnos a la contemplación y al estudio de la bahía de Algeciras.

Había en el muelle grupos de españoles que se lamentaban porque no tenían qué comer ni qué beber. El sol daba de plano, y el calor era insufrible.

Los marineros de los barcos mercantes del puerto trajeron baldes de agua para aplacar la sed de la gente; pero no bastaba el agua que acarreaban para tantos.

Llegó la noche y refrescó mucho. Yo no quería dormirme, por miedo a enfriarme, y me senté sobre una estera y apoyé la espalda en un cañón empotrado en el suelo, que servía para amarrar los cables. Encendí un cigarro y me puse a reflexionar mientras contemplaba las luces de Algeciras.

—¿Qué voy a hacer?—pensé—. Mucha de esta gente quiere ir a Inglaterra; pero van a andar muy mal; aquí habrá que esperar el barco...; luego, allá, hasta que se pueda vivir, se tardará un tanto; la cuestión sería ir a un sitio próximo y esperar una semana o dos hasta que esto se desocupara...

Estaba discurriendo así, cuando oí a mi lado hablar de Tánger en voz baja.

—¡Tánger! Esta sería una solución—me dije a mí mismo, y decidí ir a la ciudad africana. Pensé todas las eventualidades posibles y me pareció la mejor la de Tánger.

Amaneció, y vi en el muelle solos a Borja Tarrius, a Moreno Guerra y a dos hombres que no conocía; uno de ellos, el más joven, con uniforme de miliciano nacional.