La demás gente se había metido en los buques mercantes que había en el puerto y en un barracón del muelle.
Les dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra lo que había pensado.
—¿No sería mejor ir a Marsella o a Londres?—me preguntó Moreno Guerra.
—¡Ah, si se encontrara barco en seguida, sí!; pero como puede suceder muy bien que no se encuentre barco y haya que pasarse cinco o seis días aquí en el muelle, yo prefiero ir a Tánger y esperar allí.
—Es verdad, tiene usted razón—dijo Borja Tarrius—. Es una idea buena.
—Así, ¿qué les parece a ustedes la idea, aceptable?
—Sí, sí.
—Bueno, pues yo voy a ver si encuentro una lancha.
Me entendí con un patrón inglés, que me pidió diez duros por el pasaje, y me volví al sitio de los amigos. Estos me dijeron que venían con nosotros el miliciano nacional y su padre, que había pasado la noche en el muelle a nuestro lado.
—Bueno—dije yo—. Está bien. ¿Usted les conoce?—le pregunté a Moreno Guerra.