—¿Qué hay?
—Estás estorbando. Aquí no se duerme.
—Ez que mi niño, zabe uzté, ze marea...—dijo el padre.
—No ha tenido tiempo de marearse; que se ponga como todo el mundo y esté atento, por si se le tiene que mandar algo.
—¿Y uzté por qué me tiene que mandá a mi?—dijo el gitanillo.
—Porque sí; aquí mando yo, y, si no estás conforme, ahora mismo tocaremos en tierra y te dejaremos en ella, si es que no te pego un puntapié y te tiro al mar.
Hubo un fulgor en los ojos del Niño de Baza.
El viejo gitano comenzó a hacerme reflexiones y a adularme, con la clásica desvergüenza de la raza. Moreno Guerra celebraba sus frases y le contestaba algo en caló.
En cinco horas llegamos frente a Tánger y se detuvo la lancha. Unas cuantas barcas y botecillos se nos acercaron con moros y cristianos, vestidos con harapos de colores, y se puso toda aquella gente a hablar y a chillar en una algarabía infernal. En esto nos atracó una lancha, con dos remeros negros y tres moros limpios, y uno de ellos nos preguntó en chapurrado:
—¿Qué son ustedes?