—Bueno. Esperen ustedes. Le avisaré al vicecónsul. El capitán del puerto y este moro del rey—y nos mostró uno de sus dos compañeros—les vigilarán.
Estuvimos una hora con un sol de fuego, hasta que apareció un europeo, el vicecónsul, en compañía de tres moros fastuosos, vestidos de blanco. El vicecónsul preguntó por el diputado; se destacó Moreno Guerra y hablaron los dos. El vicecónsul era un siciliano, y los moros, empleados subalternos del gobernador de la plaza.
Como Moreno Guerra era tan moro como los otros, con sus ademanes y sus gestos les convenció y se decidió que fuéramos todos a tierra. Les dijo que Borja Tarrius era un gran médico.
Nos acercamos a la playa, y después nos agarró a cada uno un negrazo de aquellos, y, atravesando el fango del arenal, nos dejó en tierra firme.
—Vamos a casa del gobernador—nos dijo el vicecónsul.
El gitano y su hijo se escabulleron sin saludarnos.
Marchamos por una callejuela, tropezando a cada paso con burros cargados y seguidos por moros, que gritaban: ¡Balac! ¡Balac! Atravesamos el zoco, y llegamos a un viejo caserón destartalado; pasamos dos patios, y, en una sala que daba a un hermoso huerto, vimos al gobernador, o caid, sentado en el suelo y apoyado en unos almohadones. Era un viejo de aire respetable; le saludamos, nos invitó a sentarnos y nos trajeron unas tazas pequeñas de café sin azúcar, dulces y bollos.
Habló Moreno Guerra con su aire de santón, y el caid inclinó varias veces la cabeza, como diciendo que estaba conforme.
Salimos de nuevo a la calle, le dimos las gracias al vicecónsul y le preguntamos dónde podríamos alojarnos.
—Aquí no hay fondas ni posadas—nos dijo—donde se esté bien. Algunos franceses e italianos tienen huéspedes, pero los explotan. Los contrabandistas españoles suelen meterse en sus rincones, donde no se puede vivir. Aquí tendrán ustedes que dirigirse a los judíos.