—Sí, pero nosotros no conocemos a nadie...
—Bien, yo preguntaré.
El vicecónsul fué a ver al rabino Samuel Silva, le explicó el asunto, y el rabino le encaminó a casa de la señora de Toledano, viuda de un comerciante, que vivía con cuatro hijas y dos criadas.
Fuimos a ver a la viuda de Toledano, y nos encontramos con que hablaba muy bien el español.
Se llamaba esta mujer Mesoda Ben Asayag y era viuda de un comerciante al por menor, también judío.
El vicecónsul le indicó lo que pretendíamos, y la viuda aceptó; dijo que tenía en la casa la planta baja desocupada, con cuatro cuartos bastante grandes, y que viéramos si nos acomodaba.
—Vamos allá—dije yo.
Nos enseñó las habitaciones, anchas y limpias.
—Esto está muy bien—le dijimos—. Pónganos usted una cama en cada cuarto, y en el otro una mesa y unas cuantas sillas.
Dijo que lo arreglaría en seguida, nos explicó qué comida nos iba a dar, y añadió que nos llevaría dos pesetas por cada uno.